Aquí encontrarás las terapias que mejor funcionan para los trastornos del estado de ánimo (depresión, distimia, bipolaridad y ciclotimia), cuándo elegir cada una y cómo empezar un plan práctico en 4 semanas.
Cuando alguien me escribe porque “ya no se reconoce”, suelo mirar tres cosas: intensidad, duración e impacto en la vida diaria. No somos un síntoma: somos una historia. Por eso escucho qué te pasa hoy y cómo llegaste hasta aquí.
Depresión mayor: tristeza persistente, anhedonia (la vida se descoloriza), fatiga, sueño alterado (o de más, o de menos), autorreproche y, a veces, ideación de muerte. Lo que veo en consulta: gente que “funciona” hacia afuera pero siente que por dentro empuja un coche en punto muerto.
Trastorno distímico (depresión persistente): no “tumba”, pero desgasta: apatía estable, irritabilidad suave, baja motivación y pérdida de sentido. Su estribillo típico es “no estoy tan mal, pero nunca estoy bien”.
Señales de alarma que requieren evaluación más completa: bajadas de peso no explicadas, insomnio mantenido, desesperanza intensa o ideas de autolesión. Si aparece algo así, paramos y coordinamos.
En primera persona: muchas personas llegan con rumiación (“le doy mil vueltas”), perfeccionismo (“si no es perfecto, no vale”) o miedo al juicio. Empezamos por nombrar lo que ocurre, regular lo que sientes y luego transformar rutinas y relaciones para que el cambio se sostenga.
Bipolar I/II: alternan episodios de depresión con elevaciones del estado de ánimo (hipomanía o manía). Pistas: menos necesidad de sueño, verborrea, hiperfoco en proyectos, gasto impulsivo o irritabilidad marcada.
Ciclotimia: subidas y bajadas más suaves pero persistentes en el tiempo.
Aquí la clave clínica es seguridad y coordinación interdisciplinar: psicoterapia sí, y derivación psiquiátrica para valorar estabilizadores del ánimo si procede. Yo acompaño en la parte psicológica y trabajo en equipo cuando hace falta.
Mi estilo es cercano, claro y sin jerga. Te traduzco lo técnico a decisiones simples: qué hacemos, por qué y cómo medimos que funciona.
TCC: aprendemos a identificar patrones de pensamiento (p. ej., “si fallo una vez, soy un desastre”), a discutirlos con datos y a probar conductas alternativas.
Activación conductual: ideal cuando hay apatía y evitación. Diseñamos micro-acciones con sentido (no listas eternas), graduadas por energía real.
Ejemplo de consulta: si la rumiación te atrapa por la noche, combinamos higiene de sueño, diario breve (3’), respiración 4-6 y un plan anti-espiral para cuando el pensamiento empiece a “subir volumen”.
ACT (Aceptación y Compromiso): perfecta cuando luchas contra lo que sientes y te quedas atrapada en esa lucha. Trabajamos defusión (dejar de pelear con el pensamiento) y valores (hacia dónde quieres ir).
Terapia Interpersonal (TIP): si el estado de ánimo se ve muy afectado por duelos, cambios de rol o conflictos, abordamos habilidades sociales y límites (sí, decir “no” también es salud mental).
Terapia de Esquemas: útil cuando notas patrones que se repiten (p. ej., “me abandono para que no me abandonen”). Identificamos el modo activo (niña exigida, crítica interna, etc.) y practicamos respuestas más sanas.
EMDR: cuando hay trauma (temprano o reciente) que se queda “encendido”. Integramos recuerdos para que bajen la reactividad y la activación corporal.
Medicación: en depresiones moderadas-severas, ideación de muerte, trastorno bipolar o cuando la terapia por sí sola no despega, coordinamos con psiquiatría.
TMS/TEC (estimulación magnética transcraneal / terapia electroconvulsiva): opciones médicas especializadas para casos resistentes; si un psiquiatra las indica, mantengo la psicoterapia de soporte para consolidar cambios de hábitos y prevenir recaídas.
Señales corporales: registramos 3–4 momentos al día (1 min) con energía / tensión / respiración.
Lenguaje interno: detecta 1 frase trampa y cámbiala por una frase ancla creíble (de “no puedo con nada” → “hoy hago lo suficiente”).
Autocuidado realista: no “spa mental” de Instagram; cosas posibles: ducha templada con música, 10’ de paseo, vaso de agua cada mañana.
En mi consulta lo resumo así: comprender (qué me dispara), regular (qué hago cuando sube) y transformar (cómo sostengo el cambio).
Activación conductual: tres acciones con significado (no tareas sueltas): 1) contacto con alguien seguro, 2) actividad física suave (10–15’), 3) algo que te conecte con interés (no placer inmediato).
Sueño: ventana de horarios estable, luz natural al despertar, reducir pantalla la última hora, anotar 1 preocupación → plan de mañana (para vaciar la cabeza).
Mapa de personas-cuidado vs personas-drenaje.
Un límite práctico esta semana (breve, respetuoso, repetible).
Si hay apego que duele: ejercicios de mentalización (“qué siento yo / qué podría estar sintiendo la otra persona”) y regulación antes de responder.
Kit SOS: 5 cosas que te bajan un 20% la intensidad en 10–15’ (paseo, ducha templada, respiración, escribir 10 líneas, audio de alguien seguro).
Señales tempranas: define tus 3 señales (p. ej., aislarte, posponer, dormir mal).
Rutina de mantenimiento: 2 hábitos ancla (sueño + movimiento) y 1 espacio semanal para revisar valores (¿hacia dónde quiero seguir?).
Trabajo con adultos en terapia individual, presencial en distintos consultorios de Madrid o por videosesión segura si necesitas flexibilidad. La primera sesión es para entender tu historia (no solo el síntoma), definir objetivos realistas y acordar un plan. Solemos salir con 2–3 acciones concretas para la semana y, si procede, con un paso de coordinación (p. ej., evaluación psiquiátrica). Mi estilo es cercano, claro y sin jerga: quiero que sepas qué estamos haciendo y por qué.
Salas tranquilas, sin interrupciones, y plataformas online seguras.
Ubicaciones bien comunicadas en la ciudad (metro y bus cercanos).
Mañana y tarde según disponibilidad. Si necesitas un hueco específico, lo ajustamos en la primera llamada.
FAQ
Cuando lo que sientes interfiere en tu energía, relaciones o rutina diaria durante semanas, es momento de consultar. No hace falta esperar a “tocar fondo” para empezar a cuidarte.
Depende del caso, pero solemos empezar con estrategias de estabilización: cuerpo, sueño y rutinas. La terapia cognitivo-conductual o la Activación Conductual ayudan mucho en esta fase.
Sí, en muchos casos leves o moderados, una psicoterapia basada en evidencia puede generar cambios profundos sin necesidad de medicación. Siempre evaluamos tu caso con realismo y sin presión.
Los cambios iniciales pueden aparecer en las primeras 3–5 sesiones. El proceso completo depende de la historia personal, pero trabajamos con objetivos claros desde el inicio.
Sí, y de hecho suele ser más eficaz cuando se combina. La medicación puede reducir los síntomas y la terapia te ayuda a cambiar patrones y prevenir recaídas.
Ideas de muerte, insomnio persistente, desesperanza intensa o cambios bruscos de conducta requieren intervención rápida. En esos casos, coordinamos con psiquiatría si es necesario.
Claro. No necesitas una etiqueta para empezar a mejorar. El enfoque es comprender tu malestar y ayudarte a avanzar con herramientas prácticas desde el primer encuentro.
Es algo que puede ocurrir. Por eso revisamos el plan, ajustamos herramientas y, si hace falta, exploramos nuevas estrategias. Lo importante es no rendirse ni hacerlo en soledad.
Cuando los síntomas son severos, hay riesgo autolesivo, trastorno bipolar o la terapia sola no logra avances suficientes. En esos casos, trabajo en coordinación con profesionales de psiquiatría.
Te sentirás comprendido, sin juicios y con un plan claro desde el principio. Si en 2–3 sesiones no notas conexión ni dirección, puedes buscar otro profesional. Tu proceso merece lo mejor.
Pánico, rumiación, miedo al juicio, perfeccionismo. Recuperamos foco y descanso con trabajo corporal, cognitivo y relacional.
Experiencias tempranas o recientes que siguen “activas”; relaciones que se repiten.
Límites, dependencia, celos, dificultades para intimar.